Juan Sánchez Lebrero. Psicólogo en San Fernando, Cádiz.

 

Una de las principales demandas que tengo en consulta como psicólogo dentro del área de la psicología infantil es referente a la conducta de los más pequeños y cómo reconducirla. Es frecuente ver padres sobrepasados por las circunstancias que no saben cómo actuar para que sus hijos no sean irreverentes, o para que dejen de realizar ciertos comportamientos. Lloros, llamadas de atención, gritos, rabietas e incluso agresiones son conductas típicas que hacen desesperar a los padres, aunque realmente hay que ponerse en el lugar del niño ya que nos olvidamos que son personitas que están creciendo y aprendiendo de su entorno, que todo es nuevo para ellos. Pero ¿significa eso que debemos permitir ese tipo de comportamiento?

Por supuesto que no, y la explicación es sencilla. A medida que el niño crece, su personalidad se va desarrollando poco a poco, su necesidad de autonomía e independencia aumenta, y al pasar por las distintas fases del crecimiento va encontrándose con situaciones novedosas y difíciles para él. Un ejemplo de ello se da sobre los tres o cuatro años, al entrar en la fase del “no”, donde quieren hacer las cosas por sí mismos. Si se les recrimina, normalmente toleran mal la frustración al no poder hacer lo que quieren y en consecuencia actúan como únicamente saben, manifestando esa frustración. Hay que enseñarles qué son esas emociones que sienten y no controlan, y cuándo y cómo deben mostrarlas. Si no serán carne de problemas, tanto a corto como a largo plazo.

¿Y cómo sembrar buenos cimientos que sean esenciales para prevenir o eliminar malas conductas?

– Introduce límites claros y explícaselos de manera que los entienda, es algo fundamental y mientras antes lo hagas mejor. Si no los tiene, el niño no sabe que está haciendo algo mal. Utiliza instrucciones acordes a su edad y límites adecuados a los valores que se quieren desarrollar en el niño, así sabrá hasta dónde puede llegar.

– Sólo préstales atención ante determinadas conductas. Los niños siempre van a demandar la atención de los adultos, y si no lo consiguen por las buenas lo harán por las malas. Debemos reforzar los buenos comportamientos atendiéndolos y dándoles cariño, pero extinguir los negativos no prestándoles atención cuando pataleen, lloren o griten. A medio plazo funciona mucho mejor que el castigo.

– Utiliza el castigo lo menos posible, sólo cuando su conducta sea muy recriminable, por ejemplo cuando un niño pega a su padre cuando éste le regaña. Puede ser muy útil utilizar el “tiempo fuera”, que consiste en llevarlos a un sitio donde tengan que permanecer sentados sin estimulación alguna, por ejemplo colocándoles en una silla en el pasillo y dejarlos solos. Hay que tener en cuenta que hay que explicarles porqué se les deja allí, e ir a buscarlos en un tiempo prudencial para ver si se han arrepentido.

Evita utilizar el: “haz ésto porque te lo digo yo”. Explícale siempre tus decisiones y permite que se involucre en ellas. Así las probabilidades de que desobedezca serán menores al formar parte y al saber que las cosas tienen un porqué, que no todo son exigencias que no comprenden y hieren su autoestima.

– Controla la manera de hablarle. Gritarle o recriminarle fuertemente no ayudará en nada a su educación, al contrario, la empeorará haciendo que  imite tu conducta, además de ponerlo más nervioso aún. Ármate de paciencia y cuenta hasta diez antes de hablar, o salte de la situación y vuelve cuando estés calmado.

– Sé constante y firme en las decisiones que tomes, no cedas a sus chantajes emocionales, pero sé flexible ante algunas circunstancias. Y no es un contrasentido: el niño debe saber lo que hace mal, porqué lo hace mal y qué consecuencias tiene, pero no hay que ser un sargento de hierro ya que serán un reflejo de lo que vean y no pretendemos crear intransigencia. Por ejemplo, si su hora de acostarse es a las nueve de la noche, no pasa nada porque un día esté terminando de ver una película y lo haga a las nueve y media.

Si pese a todo no se consiguen resultados satisfactorios, un buen profesional en la materia puede facilitar mucho las cosas. Aunque no hay que olvidar que la paciencia, el cariño y la constancia son la base de una buena educación.

 

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