Como psicólogo En San Fernando, muchas veces veo en consulta como los pacientes sufren cada vez que alguno de ellos tiene un detalle bonito con alguien a quien quieren, y no obtienen una respuesta agradecida a cambio.
Hace poco un paciente me comentaba como había estado todo un fin de semana ayudando a su cuñada en una mudanza, y cuando él le pidió que lo acompañara a comprarle un regalo para su chica, le dijo que estaba muy ocupada y no podía. Se indignó.
Y la clave está en las expectativas. En lo que espero que alguien haga simplemente porque creo que me lo merezco, pero no ocurre y me frustra. En resumen, que me paso la vida presuponiendo como se tienen que comportar conmigo simplemente porque yo lo creo, pero esas personas realmente no tienen porqué tener ni idea de lo que realmente quiero.

¿Para qué sirven entonces las expectativas? Para nada bueno si no sé gestionarlas. Hasta que no empiezas a aceptar a las personas como son y dejas de esperar cosas de ellas, no eres capaz de sentirte bien para dejar de poner tu felicidad en manos de los demás.

Fundamentalmente nos dejamos llevar por estas expectativas aunque sean tan malas por dos errores muy comunes:

En primer lugar, creer profundamente que todos somos iguales, que todos pensamos y reaccionamos de la misma manera. O sea, que la gente debe comportarse como yo me comportaría si fuera ellos. Sean quienes sean, en el contexto que sea. Y no, por supuesto que no. Somos una mezcla de genética, biología cerebral y experiencia que nos hace únicos y diferentes al resto, y por mucho que crea conocer a una persona no tengo porqué tener idea de como es realmente.
En segundo, pensar obcecadamente que sabemos como son las personas, que tenemos toda la información necesaria para analizar el comportamiento y creer que acertaremos si pensamos en cómo se van a comportar. Y no, no es así. Muchas veces no nos entendemos ni nosotros mismos, como para jugar a ser dioses sabiéndolo todo. Como en el ejemplo anterior, por mucho que nos sacrifiquemos ayudando en una mudanza, no tenemos porqué obtener después carta blanca en cuanto a las peticiones que hagamos. Uno es uno y sus circunstancias, como decía Ortega y Gasset.

Sin embargo, si somos capaces de asumir que no lo sabemos todo y de aceptar que hay gente que por extraño que nos parezca piensan diferente a nosotros, podemos aprender a construir relaciones sanas en las que el valor de esa relación no sea lo que uno u otro estén dispuesto a dar, sino el de la verdadera empatía.

¿Y cómo hago yo para dejar de sufrir por culpa de lo que espero de los demás? Veamos algunos tips:

1. En psicología cognitivo conductual se trabajan mucho las distorsiones cognitivas. Una de ellas es la exigencia que tenemos hacia los demás normalmente debido a la que tenemos sobre nosotros mismos. Ni yo tengo obligación de hacer algo que no quiera, ni los demás tampoco. Llevar a un término medio el malestar que nos puede producir una
conducta, es clave. Me puede molestar que no me acompañen a comprarle un regalo a mi
chica, pero no llevarme a los demonios en ningún caso, sería algo irracional. Hacer un
trabajo mental sobre ello diciéndome que aunque yo no sepa porqué, seguro que hay
un buen motivo para que esa persona no haga lo que creo que debe hacer, es
importantísimo. Convertiremos ese hábito mental en una automatización adecuada y
seremos por tanto más flexibles.

2. Haz un análisis más profundo sobre las circunstancias que sepas a ciencia cierta
que condicionan a una persona, antes de dejarte llevar por lo que crees que debería ser. Si
no tienes datos, no te los inventes. Muchas veces creamos fantasmas de la nada.

3. Si tienes prejuicios sobre lo que debería ser o tendría que ser, en general, y sino
se cumplen significativamente te hace daño, enhorabuena, tienes otra distorsión cognitiva.
Haz un ejercicio mental sobre todo aquello que te perturbe y de lo que no tengas datos
empíricos, limpiando tu mente de paja. No hagas caso de los rumores o comentarios hacia
una persona, crea tu propia imagen sobre alguien. Quizá mi cuñada no haya venido a
comprar conmigo porque tiene un problema en su casa que desconozco, no porque me hayan
dicho que es una “bruja”.

4. Si alguien no ha hecho algo que consideras debería haber hecho, y sabes a ciencia
cierta que no tiene motivo para no haberlo hecho, haz un esfuerzo por perdonarlo. Quizá
simplemente no se ha puesto en nuestro lugar.

5. Muchas veces el miedo nos impide conocer nuevas maneras de comportarnos,
simplemente por el hecho de no saber como vamos a reaccionar, por no querer perder el
control que ya tenemos sobre los comportamientos a los que estamos acostumbrados. Eso
mismo nos pasa con los demás. Hay que dejarse llevar un poco por nuevas maneras de
hacer las cosas aunque no las comprendamos. Una persona que puede caerte mal porque le
ha hecho algo que no te ha gustado a otro, puede llegar a ser tu mejor amigo cuando te
preocupas en saber su versión y lo conoces un poco. No seamos mentalmente rígidos.
Así que ponte en marcha y pregúntate ¿eres una víctima de las expectativas, o sabes
lidiar con ellas? Cuéntame que opinas.

Psicólogo Juan Sánchez Lebrero

 

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